Antes de valorar The Republic of Innovation, conviene analizar con detenimiento la idea que articula toda la obra. Andrea Lorenzo Capussela no escribe un libro de propuestas dispersas ni una colección de reflexiones sobre economía política. Todo el ensayo gira alrededor de una tesis muy concreta y, al mismo tiempo, profundamente ambiciosa: la capacidad de una sociedad para innovar depende del grado de libertad efectiva de sus ciudadanos, entendida no como ausencia de interferencias, sino como ausencia de dominación.
Esta afirmación parece, a primera vista, una cuestión filosófica. Sin embargo, Capussela la convierte en un argumento económico. Su objetivo consiste en demostrar que la libertad republicana no solo tiene valor moral o político, sino que constituye una condición indispensable para el crecimiento sostenido y la innovación tecnológica.
«La innovación no nace simplemente de los incentivos; nace, sobre todo, de la libertad efectiva de quienes se atreven a crear.»
Dos maneras de entender la libertad
El punto de partida del libro es una distinción clásica en la teoría política.
La tradición liberal dominante identifica la libertad con la ausencia de interferencias. Una persona es libre cuando nadie le impide hacer aquello que desea hacer. Desde esta perspectiva, el principal enemigo de la libertad suele ser el exceso de regulación o la intervención del Estado.
Capussela considera que esta definición resulta insuficiente. Retoma la tradición republicana —desarrollada desde la Roma clásica y recuperada en las últimas décadas por autores como Philip Pettit y Quentin Skinner— para defender que una persona solo es verdaderamente libre cuando no está sometida al poder arbitrario de otra.
La diferencia puede parecer sutil, pero tiene enormes consecuencias.
Un trabajador cuyo empleo depende completamente del capricho de un empresario puede no sufrir ninguna interferencia concreta en un momento determinado. Sin embargo, sabe que su situación depende de la voluntad de otro. Del mismo modo, un pequeño proveedor cuya actividad depende de las decisiones unilaterales de una gran plataforma digital conserva formalmente su libertad de actuación, pero vive bajo una relación de dependencia que condiciona permanentemente sus decisiones.
Para Capussela, ambos individuos son menos libres, aunque nadie les prohíba explícitamente hacer nada.
La innovación exige autonomía
Aquí aparece la aportación original del libro.
Las teorías económicas tradicionales suelen explicar la innovación mediante incentivos. Se invierte en investigación porque existen beneficios potenciales; se emprende porque hay oportunidades de obtener ganancias; se asumen riesgos porque el mercado recompensa el éxito.
Capussela acepta estos mecanismos, pero sostiene que no bastan.
Innovar significa experimentar, cuestionar lo establecido, asumir incertidumbre y, sobre todo, aceptar la posibilidad del fracaso. Para que un número elevado de personas esté dispuesto a hacerlo necesita disfrutar de una autonomía real que reduzca el coste personal de equivocarse.
Quien vive permanentemente bajo relaciones de dependencia tiende, de forma perfectamente racional, a evitar el riesgo. Su prioridad será conservar su posición antes que explorar nuevas posibilidades.
Desde esta perspectiva, la innovación deja de depender únicamente del talento o del capital disponible. Depende también del grado de independencia efectiva de quienes podrían innovar.
El problema de la concentración del poder
Una consecuencia inmediata de este planteamiento es que el verdadero obstáculo para la innovación no siempre es el exceso de Estado. En ocasiones puede ser precisamente la concentración privada del poder.
Capussela insiste en que las relaciones de dominación pueden surgir tanto desde instituciones públicas como desde grandes organizaciones económicas. Cuando determinadas empresas adquieren una capacidad extraordinaria para fijar condiciones, controlar mercados o condicionar el comportamiento de trabajadores, proveedores o consumidores, disminuye la libertad efectiva de una parte importante de la sociedad.
El problema no es simplemente distributivo.
No se trata únicamente de que unos tengan más riqueza que otros. Lo verdaderamente relevante es que esa concentración de poder reduce el número de personas capaces de actuar con independencia suficiente para crear, competir e innovar.
Esta idea conecta el libro con algunos de los grandes debates contemporáneos sobre competencia, plataformas digitales, mercados laborales o concentración empresarial, aunque Capussela procura situarlos dentro de un marco conceptual mucho más amplio.
El crecimiento económico como proceso abierto
Otra aportación interesante consiste en revisar la propia naturaleza del crecimiento económico.
Durante buena parte del siglo XX, el crecimiento se interpretó como una acumulación progresiva de capital, trabajo y tecnología. Las teorías modernas han incorporado la innovación como motor principal de la productividad.
Capussela da un paso más.
Para él, la innovación no surge espontáneamente del mercado ni puede planificarse completamente desde el Estado. Es un proceso social abierto que depende de la capacidad colectiva para generar nuevas ideas y permitir que compitan entre sí.
Ese proceso requiere diversidad, creatividad, cooperación y una elevada circulación del conocimiento. Pero todas esas condiciones descansan, a su vez, sobre una estructura institucional que proteja la autonomía de los individuos frente a relaciones arbitrarias de poder.
En otras palabras, la libertad republicana no sería simplemente un valor político, sino una infraestructura invisible sobre la que descansa la economía del conocimiento.
Instituciones que amplían la libertad
Una de las consecuencias más interesantes del razonamiento de Capussela es que determinadas instituciones dejan de verse únicamente como mecanismos de redistribución para convertirse en instrumentos que amplían la libertad efectiva.
La educación universal, un sistema judicial independiente, mercados competitivos, protección frente a abusos laborales, seguridad jurídica o redes de protección social no aparecen como obstáculos para la economía de mercado, sino como elementos que permiten que un mayor número de personas participe plenamente en ella.
El argumento resulta especialmente sugerente porque supera la oposición tradicional entre mercado y Estado.
No propone sustituir uno por otro, sino construir instituciones que reduzcan las relaciones de dominación allí donde aparezcan, ya provengan del poder político o del poder económico.
Una nueva economía política
Por eso el subtítulo del libro —A New Political Economy of Freedom— no es una simple declaración de intenciones.
Capussela pretende reconstruir la economía política desde un concepto diferente de libertad.
Durante décadas, buena parte del pensamiento económico ha considerado que basta con garantizar mercados relativamente libres y derechos de propiedad bien definidos para que la innovación florezca.
El autor sostiene que esa visión ignora un aspecto decisivo: quién posee realmente capacidad para asumir riesgos, tomar decisiones independientes y desarrollar plenamente su potencial creativo.
Cuando una parte significativa de la población vive condicionada por relaciones de dependencia económica, la sociedad pierde una enorme cantidad de talento innovador que nunca llega a manifestarse.
La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en cuánto invierte una economía en investigación y desarrollo, sino en cuántas personas disfrutan de la libertad necesaria para convertir sus ideas en proyectos reales.
Una tesis que invita al debate
La propuesta de Capussela no es una demostración matemática ni una ley económica universal. Es, ante todo, un marco interpretativo.
Su principal virtud consiste en desplazar el foco del debate. En lugar de preguntar únicamente qué políticas generan más crecimiento, propone preguntarse qué condiciones institucionales hacen posible que la innovación surja de una sociedad amplia, abierta y plural, y no solo de una minoría especialmente privilegiada.
Puede discutirse hasta qué punto la evidencia empírica respalda todas sus conclusiones. También cabe debatir si el concepto republicano de libertad explica por sí solo las diferencias de innovación entre países. Pero resulta difícil negar que el autor establece una conexión intelectualmente sugerente entre teoría política, instituciones e innovación económica.
Precisamente ahí reside la fuerza de The Republic of Innovation. No ofrece una receta técnica para aumentar el crecimiento económico. Aspira a cambiar la forma en que entendemos la relación entre libertad y prosperidad.
En el tercer y último artículo analizaremos hasta qué punto esta ambiciosa construcción teórica resulta convincente. Examinaremos las propuestas prácticas que se derivan de ella, sus posibles limitaciones y las enseñanzas que deja para el debate económico y político del siglo XXI.

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