Cada día estoy más convencido de que conviene tomarse las predicciones sobre los mercados con mucha cautela.
No porque los análisis de economistas, gestores o estrategas sean inútiles. Al contrario: se aprende mucho de ellos. Nos ayudan a comprender qué está ocurriendo, qué variables preocupan al mercado y cuáles son los posibles escenarios.
El problema comienza cuando confundimos analizar con predecir.
Estos días he encontrado un ejemplo especialmente ilustrativo.
El pasado día 11 recibí de una entidad bancaria de la que soy cliente su Informe mensual de estrategia y cambios en las carteras. Al referirse a la situación geopolítica, señalaba que Estados Unidos e Irán parecían estar acercando posiciones, que se habían iniciado negociaciones y que Estados Unidos había cancelado ataques previstos sobre Irán.
La consecuencia había sido una caída significativa del precio del petróleo, que volvía a situarse por debajo de los 100 dólares por barril. Un escenario que, según el informe, resultaba favorable tanto para la renta variable como para la renta fija.
Hasta aquí, nada especialmente llamativo. Era una interpretación razonable de la información disponible en aquel momento.
Veinticuatro horas después
Apenas un día más tarde, Expansión publicaba un escenario radicalmente diferente:
«La caída de reservas anticipa un crudo a 140 dólares en otoño».
El periódico explicaba que el mercado petrolero volvía a recalentarse con la nueva fase de la guerra en Irán y que el agotamiento progresivo de las reservas de petróleo y derivados podía acelerar la subida de los precios durante los próximos meses.
El petróleo acumulaba ya una subida cercana al 12 % en apenas una semana y algunos analistas contemplaban la posibilidad de que alcanzase picos próximos a los 140 dólares por barril.
En cuestión de horas habíamos pasado, por tanto, de hablar de distensión geopolítica y petróleo por debajo de 100 dólares a plantearnos una escalada del conflicto y un barril acercándose a 140.
¿Estaba equivocado el primer análisis?
No necesariamente.
Y probablemente esta sea la parte más interesante del ejemplo.
El informe de la entidad financiera interpretaba razonablemente la información disponible cuando fue elaborado. El problema es que la realidad cambió.
Y lo hizo con una rapidez imposible de incorporar a cualquier previsión realizada unos días antes.
Este pequeño episodio nos recuerda algo elemental pero que los inversores olvidamos con sorprendente facilidad:
El futuro no es una prolongación ordenada del presente.
Las previsiones económicas y financieras están construidas sobre determinadas hipótesis. Si esas hipótesis cambian —una guerra, una decisión política, una crisis financiera, una innovación tecnológica, una pandemia o simplemente un dato económico inesperado— también cambia la previsión.
Por eso una previsión puede estar perfectamente razonada y terminar siendo completamente equivocada.
La verdadera utilidad de los análisis
Esto no significa que debamos dejar de leer informes económicos o análisis de mercado. Sería una conclusión equivocada.
Personalmente seguiré haciéndolo porque me ayudan a comprender mejor lo que sucede.
Pero conviene distinguir entre dos cosas muy diferentes:
Comprender el presente y adivinar el futuro.
Los buenos análisis son extraordinariamente útiles para lo primero. Mucho menos fiables para lo segundo.
Y esta distinción tiene consecuencias prácticas importantes para el pequeño inversor.
1. No construir una cartera alrededor de una predicción
Si nuestra cartera solo funciona si el petróleo baja, si la Reserva Federal recorta tipos, si la inteligencia artificial continúa impulsando las tecnológicas o si determinada guerra termina pronto, quizá tengamos un problema.
Una cartera razonablemente construida debería poder sobrevivir a escenarios distintos de aquel que consideramos más probable.
2. Separar información de ruido
Estamos expuestos diariamente a una cantidad enorme de noticias económicas y financieras.
El problema es que lo urgente no siempre es importante.
Un titular puede ser relevante para explicar el movimiento de los mercados de hoy y completamente irrelevante para los resultados de nuestra cartera dentro de diez años.
El inversor debe aprender a distinguir entre ambos planos.
3. Evitar convertir cada noticia en una decisión de inversión
Quizá esta sea una de las tentaciones más peligrosas.
Leemos una noticia, escuchamos una previsión o vemos caer un mercado y sentimos que deberíamos hacer algo.
Pero invertir no consiste necesariamente en reaccionar.
Muchas veces consiste precisamente en no reaccionar.
4. Mantener el rumbo
Aquí aparece probablemente la enseñanza más importante.
Si hemos construido nuestra cartera de acuerdo con nuestros objetivos, horizonte temporal, capacidad para asumir pérdidas y necesidad de liquidez, las noticias del día no deberían obligarnos a replantearla continuamente.
Habrá acontecimientos que justifiquen cambios. Naturalmente.
Pero deberían ser cambios relacionados con nuestra situación, nuestros objetivos o con alteraciones relevantes y duraderas de las condiciones que sustentaban nuestra estrategia, no con el último titular.
Una pequeña disciplina para el inversor
Quizá podamos adoptar una regla muy sencilla.
Cada vez que una noticia económica nos provoque el impulso de modificar nuestra cartera, hacernos tres preguntas:
¿Ha cambiado mi objetivo?
¿Ha cambiado mi horizonte temporal?
¿Ha cambiado realmente alguna de las razones fundamentales por las que construí mi cartera de esta manera?
Si las tres respuestas son negativas, probablemente no haya demasiadas razones para actuar.
Porque una de las habilidades más difíciles de adquirir como inversor no consiste en saber qué va a ocurrir mañana.
Consiste en aceptar que no lo sabemos.
Y construir nuestra estrategia precisamente a partir de esa incertidumbre.
El episodio del petróleo es un buen recordatorio: en apenas veinticuatro horas el relato puede cambiar completamente.
Nuestra estrategia de inversión no debería hacerlo con la misma facilidad.
Menos predicción, menos ruido y más rumbo.

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