Barry Ritholtz plantea en su artículo “Let’s Talk About Cash…”, publicado el 12 de agosto de 2026 en The Big Picture, una cuestión aparentemente sencilla: ¿cuánto dinero deberíamos mantener en efectivo o en instrumentos monetarios cuando podríamos obtener algo más de rentabilidad invirtiéndolo en bonos?
La respuesta de Ritholtz resulta especialmente interesante porque evita reducir la decisión a una comparación de rentabilidades. Su argumento es mucho más práctico: el dinero no solo debe producir rentabilidad; también debe cumplir una función dentro de nuestra vida y de nuestra planificación financiera.
Y esa es una idea que merece la pena desarrollar.
1. No somos gestores compitiendo por rentabilidad
Ritholtz comienza recordando algo que los inversores particulares olvidamos con demasiada facilidad.
Durante el largo mercado alcista de los años ochenta y noventa, algunos de sus clientes vendieron acciones que habían acumulado fuertes revalorizaciones para comprar una segunda residencia o mejorar su vivienda habitual.
Desde un punto de vista exclusivamente financiero, quizá estaban renunciando a algunos años adicionales de rentabilidad bursátil. Pero esa no era necesariamente una mala decisión.
Porque, como recuerda Ritholtz, un inversor particular no es un gestor de hedge funds que compite por ocupar el primer puesto de una clasificación.
Invertimos para alcanzar objetivos. Y esos objetivos pueden consistir en preservar nuestro patrimonio, complementar la jubilación, ayudar a nuestros hijos, viajar, comprar una vivienda o, simplemente, disfrutar de aquello que hemos conseguido ahorrar.
La rentabilidad es un medio. No es el objetivo último del dinero.
2. ¿Por qué mantener dinero en un fondo monetario pudiendo ganar más con bonos?
Aquí aparece el núcleo financiero del artículo.
Ritholtz parte del caso de un jubilado de 75 años mencionado por The Wall Street Journal, cuya cartera está formada por un 85 % de acciones y un 15 % en un fondo monetario.
La pregunta parece inevitable: si los bonos ofrecen una rentabilidad superior, ¿por qué mantener ese 15 % en el monetario?
Ritholtz ofrece una respuesta de una sola palabra:
Certeza.
En el momento de escribir su artículo, pone como ejemplo un fondo monetario con una rentabilidad del 3,65 %, frente a aproximadamente un 4,4 % para fondos de bonos investment grade. Alargando los vencimientos hasta 5-10 años, la rentabilidad puede acercarse al 4,9 %, y superar el 5 % para duraciones todavía mayores.
Pero esa rentabilidad adicional no es gratuita.
A medida que aumenta la duración de los bonos aumenta también su sensibilidad a las variaciones de los tipos de interés. El valor del fondo puede caer precisamente cuando necesitamos recuperar nuestro dinero.
Por tanto, la comparación correcta no es:
3,65 % frente a 4,4 % o 4,9 %.
La verdadera comparación es:
¿Cuánta rentabilidad adicional recibo y qué riesgo adicional debo asumir para conseguirla?
Esta diferencia es fundamental.
3. El efectivo también tiene una función
Tendemos a considerar el efectivo como dinero improductivo. Pero Ritholtz propone contemplarlo desde otra perspectiva.
Una persona jubilada puede conocer con bastante precisión algunos de los gastos que tendrá durante los próximos doce meses: impuestos, viajes, ayuda a familiares, reformas, pagos hipotecarios, donaciones o cualquier otro desembolso previsto.
Ese dinero tiene una misión.
Y cuando sabemos que vamos a necesitar una determinada cantidad dentro de seis o nueve meses, quizá la prioridad no debería ser obtener unas décimas adicionales de rentabilidad, sino tener la certeza de que estará disponible cuando llegue el momento de utilizarlo.
En este sentido, mantener una reserva en efectivo o en un fondo monetario no tiene por qué ser una señal de mala gestión.
Puede ser exactamente lo contrario: una consecuencia de una buena planificación financiera.
4. El error de querer exprimir hasta el último punto básico
Probablemente esta sea una de las ideas más interesantes del artículo para un pequeño inversor.
Ritholtz reconoce que no cree necesario obtener hasta el último punto básico de rentabilidad posible si para conseguirlo tenemos que sacrificar tranquilidad.
Esto no significa despreciar la rentabilidad.
Significa ponerla en contexto.
Imaginemos que trasladar una determinada reserva desde un monetario hacia un fondo de bonos permite obtener unas décimas adicionales al año. La pregunta relevante no es solamente cuánto ganaremos.
También debemos preguntarnos:
¿Cuántos euros representa realmente esa diferencia?
Y después:
¿Compensa esa cantidad el riesgo y la incertidumbre adicionales?
En ocasiones descubriremos que estamos complicando nuestra cartera y aumentando el riesgo para obtener una mejora económica relativamente pequeña.
Ritholtz lo expresa de forma sencilla: algunas veces renunciamos a lo que prácticamente son errores de redondeo en nuestra rentabilidad a cambio de sufrir menos estrés.
5. Una lección especialmente importante durante la jubilación
Hay otro aspecto del artículo que va más allá de la construcción de carteras.
Durante la etapa de acumulación, especialmente cuando somos jóvenes, tiene sentido ahorrar, invertir y dejar trabajar al interés compuesto durante décadas.
Pero llega un momento en el que el patrimonio acumulado debe empezar a cumplir la finalidad para la que fue construido.
Ritholtz recuerda a personas que, después de haber atravesado el estallido de las puntocom, la crisis financiera de 2008, la pandemia o las caídas de 2022, han desarrollado una enorme resistencia a gastar.
Incluso cuando pueden permitírselo.
Si nuestras cuentas permiten viajar con nuestra familia, ayudar a nuestros hijos con la entrada de su primera vivienda, financiar los estudios de nuestros nietos o comprar esa segunda residencia que siempre habíamos deseado, quizá la pregunta ya no sea cuánto dinero adicional podemos acumular.
La pregunta puede ser otra:
¿Para qué hemos estado ahorrando e invirtiendo todos estos años?
Una pequeña lección para el inversor particular
El artículo de Ritholtz contiene una enseñanza que encaja especialmente bien con la filosofía que intentamos transmitir desde Inverahorro:
Una buena decisión financiera no es necesariamente aquella que maximiza la rentabilidad esperada.
Es aquella que relaciona adecuadamente rentabilidad, riesgo, horizonte temporal y necesidades personales.
Por eso, antes de decidir qué hacer con nuestra liquidez, puede resultar útil plantearnos cuatro preguntas:
¿Cuándo voy a necesitar este dinero?
¿Cuánto más puedo ganar asumiendo riesgo adicional?
¿Cuántos euros representa realmente esa diferencia?
¿Compensa esa cantidad la posibilidad de sufrir pérdidas precisamente cuando necesite disponer del dinero?
La respuesta será diferente para cada inversor.
Y precisamente esa es la conclusión de Ritholtz: no existe una solución universal.
Un inversor puede preferir asumir algo más de duración para obtener mayor rentabilidad. Otro puede considerar que un fondo monetario le proporciona exactamente lo que necesita: liquidez, previsibilidad y tranquilidad.
Ambas decisiones pueden ser perfectamente racionales.
Lo importante es comprender qué obtenemos y a qué renunciamos con cada una.
Porque gestionar bien nuestro dinero no consiste en conseguir que cada euro produzca siempre la máxima rentabilidad posible.
Consiste en conseguir que cada euro cumpla adecuadamente la función que le hemos asignado.
Fuente: Barry Ritholtz, “Let’s Talk About Cash…”, The Big Picture, 12 de agosto de 2026. El artículo comenta y amplía algunas cuestiones planteadas previamente en un artículo de The Wall Street Journal sobre el exceso de efectivo en las carteras de los inversores.
Aviso: Este contenido tiene un carácter exclusivamente reflexivo, divulgativo y formativo. No constituye asesoramiento financiero ni una recomendación personalizada de inversión.

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