Una pregunta aparentemente histórica que encierra una importante lección sobre cómo invertir, conservar y utilizar nuestro patrimonio.
Hay libros de inversión que intentan enseñarnos qué comprar. Otros explican cómo construir una cartera, cómo diversificarla o por qué debemos mantener los costes bajo control.
The Missing Billionaires, de Victor Haghani y James White, comienza desde un lugar bastante diferente.
Su punto de partida es una pregunta tan sencilla como desconcertante: ¿dónde están todos los milmillonarios que deberían existir?
La pregunta sirve de entrada a una reflexión mucho más profunda. Si algunas de las grandes fortunas creadas hace más de un siglo hubieran sido razonablemente invertidas, hubieran obtenido rentabilidades satisfactorias y se hubieran mantenido durante varias generaciones, el poder del interés compuesto debería haber producido hoy muchas más fortunas familiares gigantescas.
Pero buena parte de ellas desapareció o se redujo considerablemente.
¿Por qué?
Esta es la pregunta que abre The Missing Billionaires. Y comprenderla es un excelente punto de partida para esta serie que iremos desarrollando en inverahorro.es.
Tener mucho dinero no garantiza conservarlo
La respuesta más inmediata sería pensar que aquellas familias hicieron malas inversiones.
Sin embargo, Haghani y White plantean algo bastante más interesante.
El problema no fue necesariamente que sus propietarios desconocieran dónde invertir. Muchas veces fueron las decisiones sobre cuánto arriesgar, cuánto concentrar, cuánto gastar y cómo adaptar esas decisiones a la evolución del patrimonio las que terminaron deteriorándolo.
Esta distinción es fundamental porque introduce una idea que recorrerá toda esta serie:
Saber ganar dinero y saber conservarlo son habilidades diferentes.
Un empresario puede crear una enorme fortuna gracias a una concentración extraordinaria de capital, trabajo y riesgo en una sola compañía. Precisamente esa concentración puede haber sido imprescindible para hacerse rico.
Pero, una vez creada la fortuna, mantener indefinidamente esa misma concentración puede dejar de ser razonable.
Nuestro ensayo sobre el libro lo expresa de forma especialmente clara: lo que puede ser racional durante la creación de riqueza puede resultar imprudente durante su preservación.
Y esto no afecta únicamente a los milmillonarios.
El problema también afecta al pequeño inversor
Podemos pensar que las vicisitudes de las grandes fortunas norteamericanas tienen poco que enseñarnos a quienes simplemente intentamos administrar nuestros ahorros.
Sería un error.
Cambiemos las cantidades.
Imaginemos a alguien que, después de treinta años trabajando y ahorrando, ha conseguido acumular 300.000 euros.
No necesita convertirse en millonario. Su patrimonio tiene otra función: complementar su jubilación, conservar cierta independencia económica, ayudar eventualmente a sus hijos o, sencillamente, disponer de tranquilidad.
Supongamos ahora que descubre una inversión que considera extraordinaria y coloca en ella la mitad de su patrimonio.
La inversión puede ser realmente buena.
Incluso puede ocurrir que su análisis sea correcto.
Pero aparece una pregunta que normalmente recibe mucha menos atención:
¿Qué ocurre si se equivoca?
La consecuencia no depende solamente de la calidad de aquella inversión. Depende también de cuánto dinero decidió comprometer.
Ahí encontramos una de las ideas esenciales de Haghani y White: una buena inversión puede convertirse en una mala decisión si su tamaño es inadecuado.
El libro desplaza así nuestra atención desde el producto hacia el inversor.
Quizá llevamos demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada
Cuando hablamos de inversión es habitual preguntarnos:
¿Qué fondo es mejor?
¿Renta variable o renta fija?
¿Gestión activa o indexada?
¿Estados Unidos o Europa?
¿Cuánto puede rentar esta inversión?
Son preguntas perfectamente legítimas. Pero The Missing Billionaires propone colocar antes otras:
¿Cuánto puedo permitirme perder?
¿Qué función tiene este dinero en mi vida?
¿Qué riesgo necesito realmente asumir?
¿Qué consecuencias tendría para mí que las cosas salieran mucho peor de lo previsto?
El cambio parece pequeño, pero es profundo.
Un inversor puede utilizar fondos baratos, estar globalmente diversificado y tener un horizonte de largo plazo y, pese a todo, asumir un riesgo inadecuado para sus circunstancias. La cartera financiera es solamente una parte de una realidad que incluye patrimonio, ingresos, vivienda, edad, obligaciones y necesidades futuras.
Por eso no existe una cartera óptima independiente de la persona que la posee.
El patrimonio no es una puntuación
Este es quizá uno de los aspectos más atractivos del libro.
En inversión solemos hablar del patrimonio como si el objetivo consistiera simplemente en hacer crecer una cifra.
100.000 euros son mejores que 90.000.
500.000 son mejores que 400.000.
Un millón es mejor que 900.000.
Matemáticamente es indiscutible.
Vitalmente, la cuestión es bastante más complicada.
El dinero sirve para algo. Puede proporcionarnos seguridad, financiar nuestra jubilación, permitirnos reducir nuestra dependencia del trabajo, ayudar a nuestra familia o dejarnos afrontar un imprevisto sin alterar nuestra vida.
Por eso el objetivo de invertir no puede ser simplemente maximizar una cifra.
La pregunta correcta es qué queremos que ese patrimonio haga por nosotros.
Nuestro análisis resume esta idea diciendo que Haghani y White desplazan el centro de gravedad desde los mercados hacia la persona: la inversión debería organizarse alrededor de la probabilidad de alcanzar nuestros objetivos vitales sin quedar fuera del juego.
Esta perspectiva tendrá importantes consecuencias a lo largo de los próximos artículos.
El interés compuesto necesita una condición previa
Todos hemos visto alguna vez gráficos que muestran lo que ocurre con 10.000 euros invertidos durante treinta o cuarenta años.
Son una excelente demostración del poder del interés compuesto.
Pero normalmente damos por supuesta una condición fundamental:
hay que llegar hasta el final.
Una estrategia puede ofrecer una rentabilidad esperada extraordinaria y ser, sin embargo, completamente inadecuada si existe una posibilidad significativa de sufrir por el camino una pérdida que el inversor no pueda soportar.
Y soportar no significa solamente disponer matemáticamente del dinero suficiente.
También significa ser capaz de mantener la estrategia.
Una pérdida puede obligarnos a vender. Puede coincidir con una necesidad de liquidez. Puede alterar nuestro nivel de vida. O puede ser psicológicamente tan dura que terminemos abandonando definitivamente el mercado.
Por eso, para Haghani y White, la supervivencia financiera ocupa un lugar central. El inversor que permanece en el juego conserva tiempo, capacidad de aprendizaje y oportunidades futuras; quien queda eliminado pierde todo ello.
Volveremos sobre esta cuestión con mucho más detalle.
Una idea especialmente importante: no basta con acertar
Supongamos que alguien está convencido de que una determinada inversión ofrece una oportunidad excepcional.
Puede tener razón.
La cuestión que plantea The Missing Billionaires es otra:
¿cuánto debería invertir en ella?
Esta pregunta es bastante más difícil.
Porque una convicción del 60 %, del 80 % o incluso del 95 % continúa dejando abierta la posibilidad de estar equivocados.
Y cuanto mayor sea la parte de nuestro patrimonio comprometida, más importantes serán las consecuencias de ese error.
El libro utiliza precisamente una sencilla moneda sesgada para mostrar que incluso cuando tenemos una ventaja estadística conocida podemos terminar perdiendo si apostamos demasiado.
Más adelante llegaremos al famoso criterio de Kelly, pero conviene no adelantarnos.
Antes debemos comprender algo mucho más elemental:
tener una buena oportunidad y decidir cuánto arriesgar en ella son dos decisiones distintas.
Probablemente esta sea una de las enseñanzas más importantes de todo el libro.
De hacerse rico a seguir siendo rico
La paradoja de los “milmillonarios desaparecidos” empieza entonces a adquirir sentido.
No necesitamos imaginar familias incapaces o inversores permanentemente equivocados.
Podemos imaginar algo mucho más humano.
Personas que acertaron muchas veces pero arriesgaron demasiado en una ocasión.
Familias que mantuvieron durante demasiado tiempo una concentración que anteriormente las había enriquecido.
Patrimonios cuyo nivel de gasto terminó siendo incompatible con las rentabilidades obtenidas.
Inversores que confundieron una buena racha con una capacidad extraordinaria para anticipar el futuro.
O simplemente personas que nunca adaptaron su política de inversión cuando cambió su patrimonio o su vida.
El resultado es una enseñanza que trasciende ampliamente a las grandes fortunas:
crear riqueza, conservarla y utilizarla correctamente son tres problemas diferentes.
¿Qué puede aprender de todo esto un inversor particular?
No necesitamos disponer de millones para aplicar la idea.
Al contrario. Cuando nuestros recursos son limitados, evitar determinados errores puede ser todavía más importante porque disponemos de menos capacidad para recuperarnos de ellos.
Por eso, antes de buscar unas décimas adicionales de rentabilidad, merece la pena plantearse cuestiones bastante más sencillas:
qué función debe cumplir nuestro patrimonio;
qué pérdidas podemos soportar realmente;
qué riesgos estamos asumiendo sin ser plenamente conscientes de ellos;
qué parte de nuestro futuro depende de una sola inversión, empresa o fuente de ingresos;
y si nuestra estrategia nos permitiría continuar invirtiendo después de un escenario mucho peor del que esperamos.
No se trata de eliminar el riesgo.
Sin riesgo difícilmente podremos obtener rentabilidad real a largo plazo.
Se trata de asumir riesgos que podamos sobrevivir.
Una serie para aprender a decidir, no para encontrar la inversión perfecta
Este será el punto de partida de los próximos artículos sobre The Missing Billionaires.
No vamos a utilizar el libro para buscar una cartera perfecta ni para descubrir qué activo será el más rentable durante los próximos años.
Su propuesta es bastante más útil.
Vamos a intentar aprender cómo tomar mejores decisiones cuando no conocemos el futuro.
Para ello tendremos que hablar de pérdidas, riesgo de ruina, tamaño de las posiciones, concentración, diversificación, criterio de Kelly, utilidad del dinero, gasto, jubilación y suficiencia financiera.
Pero seguiremos un orden.
En el próximo artículo empezaremos por la que probablemente sea la pregunta más importante que Haghani y White plantean al inversor:
No basta con saber dónde invertir: ¿cuánto debemos arriesgar?
Porque quizá el mayor error de inversión no consista en elegir una mala inversión.
Puede consistir en arriesgar una cantidad equivocada incluso en una buena inversión.


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