Los jóvenes empiezan a invertir antes: el móvil ha cambiado el acceso, pero no las reglas de la inversión
Invertir ya no exige acudir a una sucursal bancaria, disponer de un patrimonio elevado ni superar una barrera de entrada de varios miles de euros. Para una persona de veinte o treinta años puede bastar un teléfono móvil y unos pocos euros.
Esto representa una transformación importante. Pero quizá la pregunta más interesante no sea cuántos jóvenes están empezando a invertir, sino qué hábitos financieros están adquiriendo mientras lo hacen.
El artículo «Dónde y cómo invierten los jóvenes españoles», de Victor R. G., publicado por Expansión el 17 de agosto de 2026, ofrece una interesante radiografía de este fenómeno a partir de datos proporcionados por distintas entidades financieras y plataformas de inversión. El artículo señala tres tendencias: mayor incorporación de los jóvenes a la inversión, utilización creciente de plataformas digitales y cierta evolución desde comportamientos más especulativos hacia fórmulas de inversión recurrentes y diversificadas.
Es una fuente que merece la pena leer porque reúne datos procedentes de varias entidades y permite observar un cambio que está ocurriendo ante nosotros.
Pero al ponerla en relación con otras dos informaciones publicadas estos días por el mismo periódico —una sobre la competencia de los grandes bancos por los depósitos de las grandes fortunas y otra sobre la utilización por Santander de los depósitos como fuente de financiación barata— aparece una cuestión adicional:
¿Está facilitando la tecnología simplemente que los jóvenes inviertan antes o está cambiando también su relación con los bancos y con su propio dinero?
La respuesta requiere algunos matices.
Casi la mitad ha invertido alguna vez... pero cuidado con el dato
Uno de los datos más llamativos recogidos por Expansión es que el 46,2 % de los jóvenes españoles ha invertido alguna vez en los mercados financieros, según una encuesta de XTB.
El porcentaje es elevado, pero conviene contextualizarlo.
El dato procede de un estudio de XTB publicado originalmente en diciembre de 2022 y referido a jóvenes de entre 18 y 30 años. En aquel estudio, además del 46,2 % que había invertido alguna vez, dos de cada tres jóvenes inversores afirmaban hacerlo de manera recurrente y el 52,9 % decía invertir mensualmente.
Esto introduce una primera precaución importante: no todos los datos que aparecen juntos en una fotografía del inversor joven corresponden necesariamente al mismo momento, población o metodología.
El artículo de Expansión combina información procedente de XTB, Revolut, BNP Paribas, Fidelity International, BlackRock, Finizens, Miraltabank y eToro. Unas cifras describen clientes de determinadas plataformas; otras proceden de encuestas; algunas se refieren a menores de 30 años y otras a menores de 35.
No deberíamos sumarlas como si todas fueran piezas de una única encuesta representativa de la juventud española.
Pero consideradas en conjunto sí apuntan hacia un fenómeno reconocible: la barrera de entrada a la inversión se ha reducido considerablemente y una parte de las generaciones más jóvenes está comenzando a invertir antes.
Y esto puede tener consecuencias mucho más importantes que el importe con el que empiezan.
Empezar con poco puede ser una ventaja
Según los datos de Revolut recogidos por Expansión, la cartera media de sus clientes inversores alcanza los 2.500 euros y el 20 % de quienes invierten en la plataforma tiene entre 18 y 24 años, aunque este colectivo representa solamente alrededor del 4 % del volumen invertido.
Fidelity International, por su parte, sitúa en 8.100 euros la cantidad media que los menores de 35 años prevén invertir durante el próximo año, según las cifras citadas por el periódico.
Podría parecer poco frente al patrimonio acumulado por generaciones de mayor edad. Pero esa comparación no es necesariamente la más útil.
Para alguien que comienza a invertir, el tiempo puede ser un activo más importante que el capital inicial.
Un joven que convierte una aportación modesta en un hábito periódico dispone potencialmente de varias décadas para seguir aportando y para que actúe la capitalización compuesta¹. La cuestión fundamental deja entonces de ser cuánto dinero posee hoy y pasa a ser qué comportamiento financiero está construyendo.
Finizens señala que entre los clientes jóvenes está apareciendo el hábito de realizar aportaciones mensuales y una mayor utilización de fondos indexados² y ETF³ diversificados, junto con automatización de las inversiones.
Desde la perspectiva de un inversor particular, la automatización puede ser bastante más importante que la apariencia tecnológica de la plataforma.
Una aplicación atractiva no mejora por sí misma una cartera. Una aportación automática y coherente con un plan, en cambio, puede ayudar a transformar una intención —«quiero ahorrar e invertir»— en un comportamiento repetido durante años.
Una cartera joven más prudente de lo que podríamos imaginar
Existe otro dato que rompe parcialmente con la imagen del joven inversor dispuesto a asumir riesgos extraordinarios.
Según Revolut, los inversores jóvenes analizados por la plataforma destinaron durante el primer trimestre del año un 47 % a fondos monetarios⁴, un 21 % a ETF y un 18 % a acciones estadounidenses, de acuerdo con las cifras recogidas por Expansión.
Casi la mitad, por tanto, se encontraba en productos monetarios.
No deberíamos extrapolar esa distribución al conjunto de jóvenes españoles: describe a los clientes de una plataforma concreta. Pero sí resulta interesante porque muestra que juventud y búsqueda máxima de riesgo no son necesariamente sinónimos.
Al mismo tiempo, otras fuentes incluidas en el artículo ofrecen una imagen diferente. Según eToro, entre sus inversores españoles de Generación Z, un 57 % posee criptoactivos y un 44 % acciones españolas.
¿Es contradictorio?
No necesariamente.
Primero, porque estamos comparando poblaciones distintas. Segundo, porque los porcentajes de personas que poseen un activo no nos dicen qué proporción de su patrimonio tienen invertida en él. Y tercero, porque una misma persona puede mantener simultáneamente efectivo, criptomonedas, acciones y fondos.
Es una distinción sencilla pero importante:
porcentaje de inversores que poseen un activo y porcentaje de la cartera invertido en ese activo no significan lo mismo.
El crecimiento de los ETF sí parece significativo
Uno de los cambios más claros señalados por Expansión es la creciente utilización de ETF.
Según el estudio People & Money de BlackRock, entre 2022 y 2025 el número de inversores en ETF en España aumentó un 169 %, alrededor de 1,6 millones de nuevos inversores. La gestora estima un crecimiento medio anual del 39 % durante ese periodo.
Es un crecimiento considerable.
Pero tampoco deberíamos confundir utilizar ETF con invertir bien.
Un ETF es simplemente un vehículo. Puede proporcionar exposición ampliamente diversificada a miles de empresas o concentrarse en un sector, un país, una temática o una estrategia muy específica.
Dos inversores que afirman invertir mediante ETF pueden estar haciendo cosas completamente diferentes.
Uno puede mantener durante décadas una cartera global de bajo coste. Otro puede comprar y vender continuamente ETF sectoriales intentando anticipar cuál será la próxima tendencia del mercado.
El vehículo es similar.
El proceso de inversión no lo es.
Cuando invertir es más fácil, también es más fácil equivocarse
Las nuevas plataformas han conseguido algo indudablemente positivo: reducir barreras.
Expansión destaca mínimos de inversión muy pequeños, acceso desde el móvil, costes más transparentes y posibilidad de operar prácticamente en cualquier momento.
Pero una reducción de la fricción⁵ no distingue entre buenas y malas decisiones.
Hace más fácil realizar una aportación mensual a una cartera diversificada.
Y también hace más fácil comprar impulsivamente una acción porque acaba de subir un 20 %.
Hace más sencillo rebalancear una cartera.
Y también consultar su valor veinte veces al día.
Hace posible empezar a invertir con un euro.
Y también vender con dos pulsaciones durante una caída del mercado.
Aquí encontramos una de las enseñanzas que consideramos más importantes:
democratizar el acceso a la inversión y democratizar el buen comportamiento inversor son dos cosas diferentes.
La primera es fundamentalmente un problema tecnológico y económico: reducir mínimos, costes y dificultades operativas.
La segunda es un problema de educación financiera y comportamiento.
Y probablemente sea más difícil.
¿Y si los jóvenes no se están marchando solamente por la tecnología?
Hasta aquí hemos hablado de aplicaciones, costes, mínimos de inversión y facilidad de acceso. Pero hay otra posible explicación que merece nuestra atención.
El mismo Expansión que analiza cómo están cambiando los hábitos financieros de los jóvenes ha publicado estos días dos informaciones que, leídas conjuntamente, permiten plantearnos una cuestión interesante sobre la relación entre los bancos tradicionales y sus clientes.
En «Santander, CaixaBank y BBVA compiten por la liquidez de las grandes fortunas», Sandra Sánchez explica que los grandes bancos españoles descartan por ahora una mejora generalizada de la remuneración de los depósitos, pero sí ofrecen condiciones más favorables de manera selectiva a determinados clientes, especialmente dentro de la banca privada y los patrimonios elevados.
Santander y BBVA han llegado a ofrecer depósitos de hasta el 2,25 % a clientes seleccionados, mientras CaixaBank también personaliza las condiciones de determinados clientes.
No hay nada extraordinario en que un banco segmente comercialmente a su clientela. Las empresas ofrecen continuamente precios y condiciones diferentes en función del volumen, vinculación, costes o rentabilidad de cada relación.
Pero el dinero presenta una peculiaridad importante:
el ahorro que depositamos en un banco también tiene valor para el banco.
Nuestro depósito también es financiación para la entidad
Aquí resulta especialmente interesante el segundo artículo, publicado por Inés Abril el 18 de agosto: «Santander convierte los depósitos en su arma para impulsar los beneficios».
La información explica cómo una base amplia de depósitos puede permitir a Santander reducir sus costes de financiación, evitando recurrir en mayor medida a fuentes mayoristas más caras y favoreciendo así su margen de intereses.
El artículo recoge, por ejemplo, la estimación de Barclays de que Openbank ha captado unos 11.000 millones de euros en depósitos en Estados Unidos y generado alrededor de 150 millones de euros de ahorro anual en financiación.
Y contiene una observación particularmente interesante para nuestra reflexión: los particulares son los principales propietarios de los depósitos del banco y, según las fuentes financieras citadas por Expansión, constituyen el grupo con menor capacidad de presión sobre las remuneraciones.
Conviene hacer aquí una separación especialmente clara.
Hasta aquí estamos describiendo las informaciones publicadas por Expansión. Lo que sigue es nuestra interpretación.
Si nuestro dinero tiene un valor para quien lo recibe, parece razonable que como clientes empecemos a preguntarnos:
¿qué precio estamos recibiendo nosotros por proporcionarlo?
La educación financiera cambia también nuestra relación con el banco
Durante mucho tiempo, una parte importante de los ahorradores mantuvo su dinero en la entidad de toda la vida sin comparar demasiado su remuneración, las comisiones de los productos contratados o las alternativas existentes.
Había razones perfectamente comprensibles.
Cambiar de entidad suponía trámites. La información era más difícil de obtener. Comparar productos requería tiempo. Existía una relación personal con la sucursal. Y las alternativas eran menos visibles.
La digitalización está reduciendo muchas de esas barreras.
Un joven puede comparar desde su teléfono una cuenta remunerada, un depósito, un fondo monetario o una cartera indexada. Puede consultar costes y abrir una cuenta en otra entidad sin acudir a una oficina.
Esto introduce un cambio potencialmente importante:
cuanto más fácil sea comparar y mayor sea la educación financiera del cliente, más difícil resultará conservar su dinero simplemente gracias a la inercia.
No podemos concluir a partir de los artículos analizados que los jóvenes estén abandonando la banca tradicional porque se sientan maltratados por ella. Los datos no permiten semejante afirmación.
Pero sí podemos preguntarnos si el éxito de las plataformas digitales responde únicamente a una interfaz más atractiva o si existe algo más profundo: una generación que empieza a considerar normal comparar qué recibe a cambio de su dinero.
¿Puede la educación financiera convertirse en una fuerza competitiva?
Un cliente financieramente más formado probablemente comprenderá mejor que su dinero también tiene un precio.
Preguntará cuánto recibe por su liquidez.
Cuánto paga por sus fondos.
Qué comisiones soporta.
Qué alternativas existen.
Qué riesgo está asumiendo.
Y, sobre todo, qué valor añadido obtiene de su entidad a cambio de lo que paga o deja de percibir.
Esto puede tener consecuencias para el propio modelo bancario.
La financiación minorista barata puede ser perfectamente racional y rentable desde el punto de vista de una entidad. Pero aparece una tensión interesante a largo plazo:
cuanto más rentable resulte que el cliente compare poco, mayor puede ser el desafío cuando ese cliente aprende a comparar.
Aquí aparece además una cuestión estratégica.
Los jóvenes que hoy comienzan con 500, 1.000 o 2.500 euros pueden tener un interés comercial limitado frente a un gran patrimonio.
Pero algunos de ellos acumularán ahorro durante los próximos veinte, treinta o cuarenta años.
La pregunta para la banca tradicional quizá no sea únicamente cuánto dinero tienen hoy.
Puede ser:
¿con quién están aprendiendo a gestionar el dinero que tendrán mañana?
Desde esta perspectiva, bancos digitales, neobancos y plataformas de inversión no estarían compitiendo solamente por depósitos, fondos o comisiones.
Estarían compitiendo por algo potencialmente más importante: convertirse en la primera relación financiera de una generación.
La sensación de control no es lo mismo que controlar el riesgo
Pero tampoco deberíamos idealizar el modelo digital.
El artículo original de Expansión recoge que los jóvenes valoran la posibilidad de entrar y salir con rapidez, seguir sus posiciones al instante y operar sin procesos largos.
Eso proporciona una importante sensación de autonomía y control.
Conviene detenerse en esa última palabra.
Poder observar una inversión en tiempo real significa controlar la información que recibimos sobre su precio.
Poder vender inmediatamente significa controlar cuándo damos una orden.
Pero ninguna de esas dos cosas significa controlar lo que hará la inversión después.
Una aplicación puede mostrarnos cada segundo cuánto vale nuestra cartera. No puede decirnos con certeza cuánto valdrá dentro de un año.
La tecnología aumenta extraordinariamente nuestro control operativo. No elimina la incertidumbre financiera.
Incluso puede producir una paradoja: cuanto más frecuentemente observamos las fluctuaciones de una inversión a largo plazo, más oportunidades tenemos de reaccionar ante movimientos que quizá carezcan de importancia para nuestro objetivo.
Por eso la herramienta debería estar subordinada al plan y no al revés.
De las criptomonedas a la diversificación: una evolución que habrá que confirmar
Expansión dedica también atención a lo que presenta como una pérdida de protagonismo de las criptomonedas frente a fondos indexados, ETF y productos monetarios.
Finizens afirma observar entre los jóvenes un trasvase desde criptoactivos y acciones individuales hacia productos diversificados, acompañado de mayor atención al riesgo y de aportaciones periódicas automatizadas.
Es una evolución interesante, pero debemos ser prudentes.
Se trata de la observación de una entidad sobre sus clientes y sobre la evolución que percibe en ellos, no de una demostración de que toda una generación española esté abandonando la especulación para abrazar definitivamente la inversión diversificada.
De hecho, los datos de eToro citados en el propio artículo muestran que los criptoactivos continúan teniendo una presencia elevada entre sus inversores de Generación Z.
Quizá la interpretación más razonable sea menos rotunda:
los jóvenes disponen hoy de un repertorio de instrumentos financieros mucho más amplio y accesible que hace unos años.
Que eso termine produciendo mejores resultados dependerá de cómo los utilicen.
Un detalle español que no conviene pasar por alto: ETF y fondos no son equivalentes
La creciente popularidad de los ETF merece además una puntualización especialmente relevante para un inversor residente en España.
Un fondo indexado tradicional y un ETF pueden seguir exactamente el mismo índice y ofrecer exposiciones económicas muy parecidas. Sin embargo, su tratamiento fiscal puede ser diferente.
La CNMV recuerda en su guía fiscal de 2026 que, cumpliéndose los requisitos establecidos, los traspasos entre fondos de inversión españoles y determinados fondos UCITS⁶ comunitarios registrados en la CNMV permiten diferir la tributación: la ganancia acumulada no tributa en el momento del traspaso.
Este régimen no se aplica a los ETF.
Esto no significa que un fondo sea necesariamente mejor que un ETF. Un ETF puede presentar otras ventajas.
La enseñanza es otra:
dos productos que parecen casi idénticos desde el punto de vista de la inversión pueden no ser equivalentes desde el punto de vista fiscal y operativo.
Para alguien que empieza a construir una cartera destinada a permanecer durante décadas, conocer esta diferencia puede ser más importante que discutir unas pocas centésimas en la comisión anual.
FOMO: empezar por la razón equivocada no obliga a continuar invirtiendo mal
El estudio de BlackRock citado por Expansión introduce otra cuestión especialmente interesante: el FOMO⁷, o miedo a quedarse fuera.
Según los datos recogidos en el artículo, los menores de 35 años habrían mostrado mayor propensión que los inversores de más edad a comenzar a invertir después de observar cómo otras personas aumentaban su patrimonio.
No deberíamos sorprendernos demasiado.
Las decisiones financieras nunca se toman en un vacío social. Cuando los mercados suben durante mucho tiempo y nuestro entorno habla continuamente de inversiones que funcionan, no participar puede empezar a sentirse como una pérdida.
Pero conviene distinguir la causa que nos lleva a comenzar de la estrategia que adoptamos después.
Alguien puede descubrir la inversión por una conversación con amigos, por las redes sociales o incluso por miedo a quedarse fuera y, posteriormente, aprender a establecer objetivos, diversificar, controlar costes y adoptar un horizonte razonable.
También puede ocurrir lo contrario.
Por eso, más importante que juzgar la puerta de entrada es preguntarnos qué ocurre después de cruzarla.
Los primeros euros pueden ser también capital de aprendizaje
La fotografía reunida por Expansión contiene señales alentadoras: comenzar antes, invertir cantidades pequeñas de manera recurrente, prestar atención a los costes, utilizar instrumentos diversificados y automatizar aportaciones son comportamientos que pueden contribuir a construir patrimonio a largo plazo.
Pero ninguno garantiza por sí solo un buen resultado.
La enseñanza no consiste en afirmar que los jóvenes invierten mejor que sus padres, ni que las plataformas digitales sean superiores a la banca tradicional.
Los datos disponibles no permiten una conclusión tan amplia.
La transformación verdaderamente interesante puede estar en otro lugar.
Durante mucho tiempo, invertir exigía superar barreras económicas y operativas importantes. Una parte de esas barreras está desapareciendo.
Esto permite que alguien comience antes, con menos dinero y con acceso a una variedad de activos que hace unas décadas estaba reservada a patrimonios mucho mayores.
Pero, al desaparecer esas dificultades, el cuello de botella se desplaza.
Ya no es necesariamente acceder al mercado.
Es aprender a utilizar correctamente ese acceso.
Para un inversor joven, la ventaja decisiva de empezar con 500 o 1.000 euros quizá no sea la rentabilidad que pueda obtener durante el próximo año.
Es disponer de muchos años para aprender qué riesgo puede soportar, cómo construir una cartera, qué costes paga, cómo funciona la fiscalidad y, sobre todo, cómo reacciona cuando los mercados dejan de comportarse como esperaba.
Los primeros euros pueden ser también capital de aprendizaje.
Conclusión: el móvil ha resuelto el acceso, no la inversión
Algo está cambiando en la relación de las nuevas generaciones con el dinero.
Empiezan antes, utilizan canales diferentes, pueden invertir cantidades menores y parecen incorporar progresivamente herramientas de diversificación y automatización.
Pero la tecnología no ha cambiado las preguntas fundamentales:
¿Para qué estoy invirtiendo?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Qué riesgo estoy asumiendo realmente?
¿Cuánto pago?
¿Qué consecuencias fiscales tienen mis decisiones?
¿Estoy operando porque mi plan lo requiere o porque una pantalla me invita constantemente a hacerlo?
Una aplicación puede hacer extraordinariamente fácil comprar una inversión.
No puede decidir si tiene sentido comprarla.
Pero los otros dos artículos de Expansión añaden una última dimensión a esta historia.
Una generación que aprende antes que su dinero tiene un precio, que las comisiones importan, que existen alternativas y que cambiar de proveedor financiero resulta sencillo puede modificar también la competencia bancaria.
No sabemos si los jóvenes abandonarán masivamente la banca tradicional ni si los neobancos terminarán convirtiéndose en sus entidades financieras principales. Los datos analizados no permiten afirmarlo.
Pero parece razonable pensar que la fidelidad bancaria basada fundamentalmente en la costumbre tendrá más dificultades para sobrevivir en un mundo en el que comparar cuesta segundos.
Para las entidades tradicionales, el joven que hoy invierte unos pocos cientos o miles de euros puede tener escaso valor patrimonial inmediato. Dentro de veinte años puede ser un cliente completamente diferente.
La pregunta es quién habrá construido mientras tanto su relación de confianza con él.
Vista así, la educación financiera no es enemiga de la banca.
Es enemiga, en todo caso, de cualquier modelo de negocio que dependa excesivamente de que el cliente desconozca el valor de su dinero, las alternativas disponibles o el coste real de los productos que contrata.
Hemos avanzado enormemente en la democratización de las herramientas.
El siguiente reto es democratizar también el conocimiento necesario para utilizarlas.
Y ahí la educación financiera continúa siendo tan necesaria como antes.
Glosario
1. Capitalización compuesta. Proceso por el que los rendimientos obtenidos por una inversión se incorporan al capital y pueden generar, a su vez, nuevos rendimientos. Su efecto aumenta con el tiempo.
2. Fondo indexado. Fondo de inversión cuya estrategia consiste en reproducir el comportamiento de un índice determinado en lugar de seleccionar activamente los valores que se espera que lo hagan mejor.
3. ETF (Exchange-Traded Fund). Fondo cuyas participaciones se compran y venden en Bolsa de manera similar a las acciones. Muchos siguen índices, aunque existen ETF con estrategias muy diferentes.
4. Fondo monetario. Fondo que invierte principalmente en instrumentos de elevada liquidez y vencimientos cortos. Suele presentar menor riesgo y volatilidad que la renta variable, aunque no equivale a un depósito bancario ni garantiza necesariamente el capital.
5. Fricción. Obstáculos que dificultan realizar una operación financiera: costes, mínimos de inversión, trámites, tiempo necesario o complejidad operativa.
6. UCITS. Marco regulatorio europeo aplicable a determinados organismos de inversión colectiva y que establece requisitos comunes de protección, diversificación y funcionamiento.
7. FOMO (Fear of Missing Out). Miedo a quedarse fuera de una oportunidad que otros parecen estar aprovechando. En inversión puede favorecer decisiones motivadas por las ganancias recientes ajenas en lugar de por un plan previamente establecido.
8. Margen de intereses. Diferencia, simplificando, entre los ingresos que una entidad obtiene de los activos que financia —como préstamos— y los costes que soporta por obtener esa financiación, incluidos los depósitos.
Fuentes
La fuente principal de este artículo es Victor R. G., «Dónde y cómo invierten los jóvenes españoles», Expansión, 17 de agosto de 2026. Agradecemos especialmente su recopilación de información procedente de diferentes entidades, que constituye el punto de partida de esta reflexión. Recomendamos la lectura del artículo original.
Para ampliar la cuestión se han utilizado además dos informaciones de Expansión: Sandra Sánchez, «Santander, CaixaBank y BBVA compiten por la liquidez de las grandes fortunas», 17 de agosto de 2026, e Inés Abril, «Santander convierte los depósitos en su arma para impulsar los beneficios», 18 de agosto de 2026.
Para contrastar algunos de los datos del primer artículo también se han utilizado el estudio original de XTB sobre cómo invierten los jóvenes españoles, el informe BlackRock, People & Money: La voz del inversor individual, noviembre de 2025, y la documentación de la CNMV sobre la fiscalidad de los fondos de inversión en España, tal como ya se recogía en la versión inicial del artículo.
Nota editorial. Las reflexiones sobre la relación entre educación financiera y competencia bancaria, el valor económico de los jóvenes como futuros clientes, la erosión de la fidelidad basada en la inercia y la posible repercusión de una mayor capacidad de comparación sobre el modelo bancario son interpretaciones desarrolladas por InverAhorro a partir de las fuentes citadas. No deben atribuirse a Expansión, a sus autores ni a las entidades mencionadas.

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