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Cuando tenerlo casi todo no parece suficiente. Una reflexión sobre la abundancia, la gratitud y esa felicidad que siempre parece estar un poco más lejos.

Una pausa para pensar en la abundancia, la gratitud y esa felicidad que siempre parece estar un poco más lejos. Imagine por un momento que pudiera traer a casa a una persona que vivió hace doscientos años. Probablemente no necesitaría enseñarle un teléfono móvil ni explicarle qué es internet para dejarla asombrada. Bastaría con acompañarla hasta la cocina. Abrimos el grifo y sale agua potable. Giramos otro mando y obtenemos agua caliente. Abrimos el frigorífico y encontramos leche, carne, pescado, fruta llegada de otros continentes y alimentos que podemos conservar durante días o semanas. Después podríamos llevarla al salón. Tocamos un interruptor y se hace la luz. Elegimos prácticamente cualquier pieza musical que se haya grabado y empieza a sonar. Sacamos unas gafas y seguimos leyendo aunque nuestros ojos hayan envejecido. En unos segundos podemos enviar un mensaje a alguien situado a miles de kilómetros. Si todavía no estuviera suficientemente desconcertada, podríamos explicarle que...

Cuando tenerlo casi todo no parece suficiente. Una reflexión sobre la abundancia, la gratitud y esa felicidad que siempre parece estar un poco más lejos.


Una pausa para pensar en la abundancia, la gratitud y esa felicidad que siempre parece estar un poco más lejos.

Imagine por un momento que pudiera traer a casa a una persona que vivió hace doscientos años.

Probablemente no necesitaría enseñarle un teléfono móvil ni explicarle qué es internet para dejarla asombrada. Bastaría con acompañarla hasta la cocina.

Abrimos el grifo y sale agua potable. Giramos otro mando y obtenemos agua caliente. Abrimos el frigorífico y encontramos leche, carne, pescado, fruta llegada de otros continentes y alimentos que podemos conservar durante días o semanas.

Después podríamos llevarla al salón.

Tocamos un interruptor y se hace la luz. Elegimos prácticamente cualquier pieza musical que se haya grabado y empieza a sonar. Sacamos unas gafas y seguimos leyendo aunque nuestros ojos hayan envejecido. En unos segundos podemos enviar un mensaje a alguien situado a miles de kilómetros.

Si todavía no estuviera suficientemente desconcertada, podríamos explicarle que mañana tomaremos un avión y, después de desayunar en Madrid, quizá cenemos en Nueva York.

Probablemente pensaría que somos inmensamente ricos.

Y tendría razón.

Lo curioso es que nosotros rara vez lo sentimos así.

Una pequeña pausa en InverAhorro

En este blog hablamos constantemente de ahorro, inversión, fondos, mercados, rentabilidad, inflación o riesgo. Es lógico: para eso nació InverAhorro.

Pero el ser humano es algo más que un perceptor de rentas que ahorra una parte de lo que gana y trata de invertirla razonablemente bien.

De vez en cuando conviene levantar la mirada del extracto bancario y preguntarse para qué hacemos todo esto.

La lectura de un original artículo de Jordan Dworkin, titulado Ordinary Abundance —algo así como «Abundancia cotidiana»— proporciona una magnífica excusa para hacerlo.

Su propuesta es sencillísima. Dworkin nos invita a recorrer un apartamento contemporáneo y detenernos en objetos que utilizamos cada día sin concederles la menor importancia.

El resultado es sorprendente.

Porque casi todo lo que encontramos a nuestro alrededor habría sido, en algún momento de la historia, un lujo extraordinario, un objeto reservado a unos pocos o, sencillamente, algo inconcebible.

«El límite de la felicidad humana»

Uno de los ejemplos más simpáticos tiene que ver con la música.

En 1888, el escritor estadounidense Edward Bellamy publicó Looking Backward, una novela utópica ambientada, curiosamente, en el año 2000. Bellamy imaginó un mundo en el que las personas podrían disponer de música en sus propias casas, con una calidad perfecta, en cantidad ilimitada, adecuada a cada estado de ánimo y que comenzaría o terminaría cuando quisieran.

Y escribió:

«Habríamos considerado alcanzado ya el límite de la felicidad humana».

No está mal.

Aquello que Bellamy consideraba prácticamente la culminación de la felicidad está hoy en nuestro bolsillo.

Tenemos acceso inmediato a millones de canciones. Podemos escuchar a Bach mientras cocinamos, a Miles Davis mientras leemos o aquella canción que escuchábamos con veinte años y que casi habíamos olvidado.

Y, aun así, somos perfectamente capaces de pasar diez minutos saltando de canción en canción porque ninguna termina de apetecernos.

No es una crítica. Es algo mucho más interesante.

Es nuestra extraordinaria capacidad para acostumbrarnos a lo extraordinario.

La persona más rica del mundo tenía un cuarto de baño

Otro de los testimonios recogidos por Dworkin resulta todavía más revelador.

Patty Doak recordaba en 2003 el momento en que su familia, que vivía en una zona rural de Iowa, dispuso por primera vez de un cuarto de baño dentro de casa:

«Sentí como si fuera la persona más rica del mundo. Era maravilloso no tener que salir de casa para ir al baño».

Durante buena parte del siglo XX, muchas viviendas rurales estadounidenses carecieron de baño interior. El agua necesaria para cocinar, lavarse o hacer la colada tenía que transportarse a mano.

Hoy nos levantamos medio dormidos por la noche, caminamos unos metros y abrimos un grifo.

No pensamos en ello.

Naturalmente.

Tampoco deberíamos maravillarnos cada mañana ante el inodoro. La vida sería bastante agotadora si tuviéramos que emocionarnos conscientemente ante cada uno de los logros de la civilización.

Pero quizá sí convenga recordarlo alguna vez.

Cuando una piña era un símbolo de riqueza

El ejemplo de la piña es aún más divertido.

En la Gran Bretaña del siglo XVIII era un producto tan exótico y costoso que algunas personas llegaban a alquilar una piña durante una velada para exhibirla ante sus invitados, sin intención siquiera de comérsela.

Charles Lamb describía en 1822 el placer de comerla comparándolo con los besos de los amantes.

Hoy podemos encontrar piñas, mangos, aguacates, kiwis, plátanos o frutas procedentes de medio mundo en el supermercado de la esquina.

Y probablemente protestemos si el aguacate está demasiado duro.

Otra vez aparece el mismo fenómeno.

Lo extraordinario se convierte primero en accesible.

Después en habitual.

Finalmente, en invisible.

Vivimos rodeados de antiguos milagros

Podríamos continuar.

La luz eléctrica maravilló a quienes la contemplaron por primera vez. Un testigo describió en 1880 a los habitantes de Wabash, Indiana, contemplándola «casi conteniendo la respiración», como si estuvieran ante algo sobrenatural.

Las gafas fueron consideradas en el siglo XIV «uno de los mejores y más necesarios» inventos del mundo. Antes de ellas, perder visión con la edad podía significar simplemente dejar de leer.

El telégrafo fue descrito en 1858 como «un milagro perpetuo». Hasta entonces, durante prácticamente toda la historia humana, una noticia solo podía viajar tan deprisa como el ser humano o el animal que la transportaba.

La anestesia acabó con una realidad que hoy nos cuesta siquiera imaginar: ser operado mientras se permanece plenamente consciente.

Las vacunas eliminaron enfermedades que durante siglos habían matado o desfigurado a millones de personas.

El frigorífico nos permite conservar alimentos que antes se estropeaban en cuestión de horas.

La calefacción ha hecho que dormir en invierno deje de significar hacerlo en una habitación cuya temperatura podía acercarse a la del exterior.

El avión convirtió separaciones quizá definitivas en viajes de unas horas.

No vivimos rodeados simplemente de objetos.

Vivimos rodeados de antiguos milagros que han dejado de parecernos milagrosos.

Entonces, ¿por qué no somos inmensamente felices?

Aquí empieza la parte incómoda.

Si un habitante acomodado de hace doscientos años pudiera contemplar nuestra vida material probablemente llegaría a la conclusión de que hemos alcanzado una forma de abundancia difícilmente imaginable para él.

Y, sin embargo, nosotros seguimos sintiendo que nos falta algo.

Una casa algo mayor.

Un coche mejor.

Un salario más alto.

Más tiempo libre.

Un viaje diferente.

Un patrimonio mayor.

La siguiente promoción.

El próximo teléfono.

No hace falta convertir esto en una crítica al consumismo ni idealizar el pasado. Muchísimas personas tienen problemas económicos reales. Hay precariedad, enfermedad, soledad, desigualdad y dificultades que ningún frigorífico lleno puede solucionar.

Tampoco sabemos si nuestros antepasados eran más felices. Probablemente no tendría demasiado sentido formular siquiera la comparación de esa manera.

La cuestión es otra:

¿Por qué las mejoras materiales que deseamos con tanta intensidad pierden tan rápidamente su capacidad para satisfacernos cuando las conseguimos?

La cinta de correr de nuestros deseos

La psicología lleva tiempo estudiando un fenómeno conocido como adaptación hedónica.

Las personas tendemos a acostumbrarnos tanto a las circunstancias favorables como, hasta cierto punto, a las desfavorables.

Algo que inicialmente nos produce una enorme satisfacción termina incorporándose a nuestra normalidad.

El primer día que conducimos un coche nuevo prestamos atención a cada detalle.

Unos meses después es simplemente el coche.

Con la casa ocurre algo parecido. Con el salario. Con muchas comodidades. Incluso con determinados éxitos profesionales.

Pero hay algo más.

No valoramos nuestra situación únicamente en términos absolutos. También la comparamos.

Podemos estar perfectamente satisfechos con nuestra casa hasta que visitamos la de alguien que tiene una mejor.

Y esto nos conduce a un terreno muy familiar para InverAhorro.

También ocurre con el dinero

Imaginemos a alguien que empieza a ahorrar e invertir.

Al principio piensa:

Cuando consiga reunir 50.000 euros tendré un buen colchón.

Llega a 50.000.

Entonces 100.000 empieza a parecer una cifra razonable.

Alcanza los 100.000 y descubre que quizá necesitaría 250.000 para sentirse verdaderamente tranquilo.

Después escucha hablar de alguien de su edad que ya tiene 500.000.

Y vuelve a sentirse detrás.

El problema ya no es necesariamente financiero.

Es que la línea de llegada se mueve al mismo tiempo que nosotros.

Esto no significa que acumular patrimonio carezca de sentido. Todo lo contrario.

El dinero proporciona cosas enormemente valiosas: seguridad, capacidad de elección, protección frente a imprevistos, autonomía y, en determinadas circunstancias, algo particularmente escaso: tiempo.

Pero existe una pregunta que ninguna hoja de cálculo puede responder por nosotros:

¿Cuánto es suficiente?

Si nunca tenemos una respuesta, por aproximada que sea, existe el riesgo de convertir la acumulación en una carrera sin meta.

No se trata de conformarse

Podría parecer que la conclusión lógica de todo esto es que deberíamos conformarnos con lo que tenemos.

Sería una conclusión equivocada.

De hecho, una de las ideas más interesantes del texto de Dworkin aparece casi al final.

Dice que es mérito de la humanidad que sigamos inquietos en medio de todo este progreso.

Tiene razón.

Si nuestros antepasados se hubieran limitado a aceptar las cosas tal como eran, probablemente seguiríamos iluminándonos con velas.

Alguien tuvo que pensar que transportar agua era absurdo.

Que debía existir una forma mejor de iluminar una casa.

Que las enfermedades podían prevenirse.

Que el dolor de una operación no tenía por qué ser inevitable.

Que podíamos comunicarnos más deprisa.

Que quizá incluso podríamos volar.

La insatisfacción también es uno de los motores del progreso.

Por eso quizá deberíamos distinguir entre dos formas muy diferentes de estar insatisfechos.

Existe una insatisfacción fecunda: reconoce lo conseguido, pero intenta mejorarlo.

Y existe una insatisfacción estéril: convierte inmediatamente cada conquista en insuficiente y nos impide disfrutar de aquello que ayer deseábamos.

La primera nos empuja hacia delante.

La segunda puede condenarnos a no llegar nunca.

Hemos recibido una herencia que no aparece en nuestra cuenta bancaria

Hay además otra manera de mirar nuestro apartamento.

Prácticamente nada de lo que contiene lo hemos creado nosotros.

No inventamos la electricidad.

Ni el alcantarillado.

Ni las vacunas.

Ni los antibióticos.

Ni el frigorífico.

Ni el teléfono.

Ni internet.

Ni el avión.

Ni siquiera esa humilde cremallera que subimos cada mañana sin pensar quién demonios tuvo la paciencia de inventarla.

Hemos llegado a un mundo construido en gran medida por otros.

Millones de personas trabajaron, investigaron, ahorraron, invirtieron, emprendieron, enseñaron, cuidaron, construyeron instituciones y transmitieron conocimientos.

Cada generación recibió algo de la anterior y añadió —unas veces mucho, otras poco y algunas veces incluso retrocediendo— su propia contribución.

Nosotros somos los beneficiarios actuales de esa larguísima cadena.

Quizá por eso la gratitud no debería consistir únicamente en mirar hacia atrás.

También implica mirar hacia delante.

Nuestra parte del trato

No tenemos ninguna obligación de realizar un descubrimiento científico ni de inventar algo extraordinario.

La cadena se mantiene de maneras mucho más modestas.

Educar bien.

Hacer correctamente nuestro trabajo.

Crear empresas.

Ahorrar.

Invertir en actividades productivas.

Pagar aquello que corresponde para sostener los bienes comunes.

Transmitir conocimientos.

Cuidar las instituciones que funcionan y mejorar las que no.

Conservar lo que merece conservarse.

Y procurar entregar a quienes vengan detrás algo un poco mejor de lo que recibimos.

Puede que esa sea nuestra parte del trato.

Heredamos un mundo que otros hicieron habitable para nosotros y durante unas décadas nos corresponde custodiarlo.

Después se lo entregaremos a otros.

Quizá estamos buscando en el lugar equivocado

Y queda todavía la pregunta más difícil.

¿Por qué esa felicidad que perseguimos parece alejarse cada vez que creemos acercarnos a ella?

No pretendo responder aquí a una cuestión que lleva ocupando a filósofos, religiones y pensadores desde hace miles de años.

Pero quizá podamos sospechar al menos una parte de la respuesta.

Es posible que pidamos a determinadas cosas algo que esas cosas sencillamente no pueden darnos.

El dinero puede proporcionarnos seguridad.

Puede ofrecernos libertad.

Puede comprar comodidad.

Puede permitirnos conocer lugares, disfrutar experiencias, ayudar a otras personas y disponer de nuestro propio tiempo.

Todo eso importa.

Muchísimo.

Pero probablemente llega un momento en el que añadir otra unidad de patrimonio no responde a preguntas relacionadas con el afecto, la amistad, el propósito, la pertenencia, la serenidad, la trascendencia o el sentido que damos a nuestra vida.

No porque el dinero sea malo.

Sino porque no fue diseñado para eso.

Quizá una buena educación financiera debería ayudarnos no solo a acumular patrimonio de manera sensata, sino también a comprender qué esperamos obtener de él.

Esta noche, cuando abra el grifo…

Dentro de unas horas probablemente encenderemos una luz.

Abriremos el frigorífico.

Nos ducharemos con agua caliente.

Tomaremos algún medicamento si lo necesitamos.

Enviaremos un mensaje que recorrerá cientos o miles de kilómetros prácticamente al instante.

Escucharemos una canción elegida entre millones.

Y quizá mañana subamos a un avión que nos llevará en unas horas a un lugar al que nuestros antepasados habrían tardado semanas en llegar.

No hace falta detenerse cada vez para celebrarlo.

Pero quizá sí merezca la pena hacerlo alguna vez.

Mirar alrededor.

Recordar de dónde venimos.

Agradecer a quienes hicieron posible que tantas cosas extraordinarias se hayan vuelto completamente ordinarias.

Y preguntarnos qué vamos a hacer nosotros con la pequeña parte de la historia que nos ha tocado vivir.

En InverAhorro volveremos enseguida a hablar de fondos, mercados, ahorro, riesgo y rentabilidad.

Pero antes quizá convenga recordar algo.

Invertimos para vivir mejor. No vivimos para invertir mejor.

Y puede que una parte de esa vida mejor empiece simplemente por aprender a reconocer todo aquello que ya tenemos.

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