Todavía no he leído Lo que nunca cambia, de Morgan Housel.
Pero después de leer la reseña que Luis Ángel Hernández ha publicado en Salud Financiera, el libro ha pasado directamente a mi lista de próximas lecturas.
No porque prometa descubrir una nueva fórmula para invertir mejor, sino precisamente por lo contrario: porque parece insistir en aquellas cosas que cambian mucho menos de lo que creemos.
Y eso, en inversión, puede ser bastante más útil que acertar la próxima previsión.
Luis recoge en su artículo una amplia selección de ideas del libro que, por sí solas, justifican detenerse en él. Algunas resultan especialmente cercanas a la forma en la que intentamos abordar la inversión en Inverahorro: menos predicción, menos ruido y más atención al riesgo, al comportamiento y a la resistencia de una estrategia a lo largo del tiempo.
El riesgo importante suele ser el que no esperamos
Una de las ideas que Luis A. Hernández destaca de Housel podría resumirse así: el verdadero riesgo aparece muchas veces fuera de aquello que habíamos contemplado.
Tiene bastante sentido.
Los inversores dedicamos mucho tiempo a analizar inflación, tipos de interés, valoraciones, crecimiento económico o beneficios empresariales. Todo ello importa.
Pero los grandes cambios en los mercados suelen venir acompañados de acontecimientos que pocos habían incluido previamente en sus escenarios.
La consecuencia práctica parece bastante clara.
Quizá la mejor defensa frente a la incertidumbre no sea mejorar infinitamente nuestras predicciones, sino construir una cartera capaz de sobrevivir cuando esas predicciones fallen.
Diversificación, liquidez suficiente, riesgo asumible y ausencia de apalancamiento innecesario siguen pareciendo herramientas bastante más robustas que cualquier pronóstico.
Ahorrar como un pesimista e invertir como un optimista
Entre las frases destacadas por Hernández hay una especialmente buena:
Ahorrar como un pesimista e invertir como un optimista.
La combinación puede parecer contradictoria, pero en realidad describe bastante bien una filosofía financiera sensata.
Ahorrar como un pesimista significa asumir que llegarán imprevistos, que habrá crisis y que las cosas no siempre saldrán según lo previsto.
Invertir como un optimista significa aceptar también que, a largo plazo, las empresas innovan, las economías crecen y la capacidad humana para adaptarse suele ser mayor de lo que parece durante las crisis.
Prudencia en el corto plazo.
Confianza razonable en el largo.
No parece una mala combinación.
El peligro de perseguir lo que mejor lo ha hecho
Hernández también destaca la importancia de la reversión a la media.
Para un inversor particular esta idea tiene una aplicación inmediata.
Aquello que mejor se ha comportado durante los últimos años no tiene por qué seguir haciéndolo.
Fondos, sectores, estilos de inversión, países y empresas atraviesan ciclos.
Por eso un ranking de rentabilidad puede ser una magnífica fotografía del pasado, pero un mapa bastante mediocre del futuro.
Antes de comprar lo que más ha subido convendría preguntarse cómo se consiguió esa rentabilidad, cuánto riesgo se asumió y si existen razones suficientes para pensar que ese comportamiento puede mantenerse.
Cuando todo parece seguro, el riesgo puede estar aumentando
Otra idea muy sugerente es que los periodos prolongados de estabilidad pueden terminar creando inestabilidad.
Cuando durante muchos años no sucede nada grave, empezamos a comportarnos como si nada grave pudiera suceder.
Aumentamos el riesgo.
Reducimos los márgenes de seguridad.
Aceptamos valoraciones más exigentes.
Y terminamos confundiendo una etapa favorable con una nueva realidad permanente.
Para el pequeño inversor la enseñanza es sencilla:
Que un riesgo lleve años sin aparecer no significa que haya desaparecido.
Una buena inversión también tiene un precio
Otra de las ideas del libro que recoge Hernández resulta particularmente útil.
Toda rentabilidad tiene un coste.
La renta variable exige soportar volatilidad y caídas.
La renta fija también puede sufrir.
La liquidez ofrece estabilidad, pero normalmente a cambio de menor rentabilidad.
La diversificación obliga a convivir con inversiones que temporalmente se comportarán peor que otras.
El problema surge cuando pretendemos conseguir rentabilidad sin aceptar ninguno de esos costes.
Normalmente eso significa que todavía no hemos identificado dónde está el riesgo.
El largo plazo es fácil de decir y difícil de practicar
También me ha llamado la atención otra reflexión presente en la reseña: invertir a largo plazo parece sencillo hasta que hay que hacerlo.
Decir que nuestro horizonte son diez o veinte años resulta fácil.
Mantener una estrategia durante una crisis, cuando otros activos están subiendo más o cuando nuestra cartera lleva meses decepcionando, resulta bastante más complicado.
El largo plazo no consiste únicamente en esperar.
Consiste en soportar periodos en los que nuestra estrategia parecerá equivocada.
Quizá ahí esté buena parte de su dificultad.
Y también de su valor.
La complejidad no siempre mejora una cartera
Hay otra idea que encaja especialmente bien con una de las cuestiones que más intentamos analizar en Inverahorro.
La complejidad puede proporcionar una agradable sensación de control.
Una cartera con muchos fondos, estrategias, indicadores y ajustes constantes puede parecer más sofisticada.
Pero sofisticación y calidad no son necesariamente lo mismo.
Cada nuevo fondo debería responder a una pregunta bastante simple:
¿Qué aporta realmente al conjunto?
Si no mejora de forma apreciable la diversificación, el riesgo, la estabilidad o la rentabilidad esperada, quizá simplemente estemos añadiendo complejidad.
Y cada elemento adicional supone también una nueva decisión que tendremos que tomar correctamente.
Por qué creo que merece una lectura
Como decía al comienzo, todavía no he leído Lo que nunca cambia.
Estas reflexiones parten de la reseña de Luis Ángel Hernández y de las ideas que él ha seleccionado del libro. Recomiendo la lectura del artículo y muchos otros de su estupenda web.
Pero precisamente por eso el artículo ha cumplido perfectamente su función: despertar las ganas de leerlo.
Morgan Housel ya demostró en La psicología del dinero una capacidad especial para explicar cuestiones financieras sin necesidad de convertirlas en matemáticas complicadas.
Por lo que apunta esta nueva obra, vuelve a insistir en algo parecido: entender el dinero exige entender primero cómo pensamos, cómo reaccionamos ante la incertidumbre y cómo tomamos decisiones cuando el futuro no se parece a lo que esperábamos.
En un mundo financiero obsesionado con saber qué va a pasar después, quizá merezca la pena dedicar algún tiempo a estudiar precisamente lo que nunca cambia.
Este artículo parte de la reseña publicada por Luis Ángel Hernández en Salud Financiera sobre Lo que nunca cambia, de Morgan Housel. Las reflexiones anteriores se apoyan en las ideas seleccionadas por Hernández y no pretenden sustituir la lectura directa del libro.

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